10 febbraio 2006

Retales de un diario (*)

Verano de 1990. Conocí unas hermanas muy simpáticas en el parque de la esquina. Ellas estaban pasando las vacaciones en casa de un familiar en mi ciudad. Durante los tres meses de verano nos vimos prácticamente todos los días. Éramos unas niñas. Luego ellas marcharon y comenzamos a escribirnos cartas. Pasaron años y todavía una vez al mes como mínimo alguna recibía noticias de la otra. Por desgracia nunca volvimos a coincidir. Cuando ellas volvían a mi ciudad, yo pasaba las vacaciones con mis padres en otro lugar. No sé qué parte dejó de escribir. Tengo el cajón lleno de cartas sin mandar con tonterías que ahora no merecerían la pena. Tal vez fui yo, o tal vez son sólo cartas en sucio.

En 1999 recibí una carta de la hermana menor. Me sorprendió bastante pues aquel verano ella era lo suficientemente pequeña como para entonces no recordarme. Esta vez quise mantener la correspondencia pero por cosas de la vida, en unos pocos años todo se perdió de nuevo.

Verano del 2000, Inglaterra. Cuando te vas a un país extranjero sin conocer a nadie, los hilos que se forman, las amistades, pasan a ser como una gran familia. Al menos a ciertas edades. Todos prometimos volver, sólo uno lo consiguió. Nada más pisé mi casa en Agosto, escribí a la que había sido mi gran compañera de aventuras. Recibí una respuesta, una. Decía que iba a cambiar de piso, que sus padres se mudaban. También decía que me mandaría su nueva dirección. Pasaron los meses y terminé enviando otra carta a la antigua dirección esperando que alguien pudiera leerla y darme alguna noticia de los anteriores propietarios. Y no hubo nada.

2005. Nuevas tecnologías. Por Internet, conocí a dos mujeres. Ambas me superaban la edad con creces. Siento que aprendí mucho de ellas. La primera, de admirable educación, con su peculiar positivismo ante la vida. La segunda, cariñosa hasta las cejas, cargada de buenas palabras y sentimientos. Tengo que decir que de ésta última recibí noticias no hace mucho, pero las dos eran dignas de mención en este post.

10 de febrero de 2006. Cuento con los dedos de una mano las personas que son importantes en mi vida. Cuento en la misma mano posiblemente las cartas manuscritas que recibo al mes de diferentes emisores. Y de vez en cuando, mi mente se pierde en el tiempo y pienso en todas aquellas personas maravillosas que han pasado por mi vida y en los dedos que corté de la otra mano por desilusiones y engaños. Es una pena que en la estación de la vida no pase el mismo tren dos veces.

(*)Años aproximados.